
En su reciente debut en las noticias virales, Gabriel Lima Melgar, quien fuera Director de Comunicación Social del actual ayuntamiento de Ensenada en México y quien fue señalado por el Semanario ZETA, por intento de soborno a la Directora, Adela Navarro Bello, nos deja una forzosa reflexión, ante la evidente compra de opinión y espacio editorial en los tiempos estelares de la transformación cuatrera…
“Hoy se venden más periodistas que periódicos”. La frase golpea porque incomoda, porque señala una realidad que muchos prefieren negar y otros normalizan con cinismo. Pero hay que decirlo con claridad: quienes se venden no son periodistas ejemplares. Son otra cosa.
El periodismo no se degrada cuando un medio recibe contratos de publicidad de los gobiernos, en sus tres niveles; se degrada cuando quien firma una nota decide cambiar la verdad por conveniencia. Cuando la pluma deja de incomodar al poder y empieza a servirle. Cuando la pregunta crítica se convierte en consigna y la investigación en boletín maquillado.
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No se trata de romantizar la actividad de la prensa ni de ignorar que el oficio se ejerce en condiciones precarias. Se trata de una línea ética básica: puedes estar mal pagado, presionado o marginado, pero el día que aceptas vender la mentira como verdad, dejas de ejercer periodismo. Empiezas a ejercer la propaganda, o ser relaciones públicas o militancia disfrazada.
El periodista ejemplar no es el que presume independencia en redes, ni el que grita más fuerte, ni el que acumula likes. Es el que resiste, el que verifica, el que incomoda incluso cuando eso le cuesta espacios, contratos o amistades. Es el que entiende que la credibilidad no se negocia porque, una vez perdida, no se recupera.
Hoy abundan opinadores con micrófono, influencers con credencial, y activistas con columna en los periódicos. Pero escasean los periodistas que recuerdan que su lealtad no es con el gobierno, ni con la empresa, ni con el patrocinador, sino con el lector, el oyente o el televidente, y el seguidor; el compromiso es con los hechos y con la verdad comprobable.
Sí, se venden más periodistas que periódicos. Pero no confundamos cantidad con calidad. Los ejemplares —los de verdad— siguen siendo pocos, incómodos… y necesarios.
Hoy se venden más periodistas que periódicos. Y hay que decirlo sin rodeos: no son periodistas ejemplares. Los ejemplares no abundan, no posan, no aplauden; resisten. Y en tiempos de propaganda disfrazada de noticia, esa resistencia no es un lujo: es una necesidad democrática.

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