Recuerda que cuando empezó la universidad apenas iba con el pasaje y cinco pesos para almorzar en el comedor de la UASD
Venir de un barrio, en ocasiones, para muchas personas es motivo de vergüenza y debido a esto miles de ciudadanos se estancan y deciden resignarse y quedarse en su “zona de confort”.
En nuestra sección “Caras de mi barrio” te traemos la historia de Lizbeth De León, una joven que nació en el kilómetro 13 de la carretera Sánchez y que tuvo una niñez llena de precariedades.
“Me crié en un barrio de Santo Domingo, con muchas carencias, rodeada de personas con un bajo nivel de educación y mucha falta de visión”, cuenta a De Último Minuto.

De León explica que la mayoría de los jóvenes con los que ella fue a la escuela hoy en día están envueltos en las drogas, en el alcohol y la prostitución.
Destaca que, de sus amigos solo una minoría, que ella puede contar con los dedos de sus manos, ha tratado de salir adelante y no entrar en vicios.
Para Lizbeth, la educación que le dieron sus padres fue fundamental, porque, a pesar de las malas influencias que la rodeaban, pudo convertirse en una mujer “hecha y derecha”.
“Mis padres siempre fueron personas que se mantuvieron firmes con lo que fue mi educación. Siempre fui a la escuela pública. Lo poco que se conseguía en mi casa era para comer y para invertir en estudios”, destaca.

De León cuenta que su familia era “tan, pero tan pobre”, que cuando llovía la casa se inundaba y debido a esta situación ella y su hermana siempre estaban enfermas.
Sin importar las dificultades, a la edad de 18 años se inscribió en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), y este nuevo ambiente, donde conoció a personas nuevas, la ayudó a tener una visión diferente de la vida.
Luego de esto, se motivó a estudiar inglés. Recuerda cómo su madre, debido a las precariedades, le pedía que tratara de conseguir un trabajo para que costeara el pasaje.
“Yo apenas iba con el pasaje y cinco pesos para poder comer en el comedor de la universidad; agregándole a eso que me inscribí en el inglés por inmersión y, aunque no se pagaba ninguna mensualidad, ese era otro pasaje que mis padres tenían darme”, recordó.
Su primer trabajo fue en un instituto, donde le pagaban RD$2,000 mensuales que solo le daban para pagar pasaje. Meses después, una persona la recomendó en el colegio donde trabaja actualmente. Ya hace siete años.

La apariencia física de Lizbeth siempre la mantuvo con la autoestima baja, por lo que decidió inscribirse en el gimnasio para cambiar eso que no le gustaba de su cuerpo.
“Siempre iba a mi gimnasio y desde que empecé hasta la fecha, mi cuerpo ha ido evolucionando”, relata.
Destaca que en una ocasión una persona le dijo que por el físico que tenía podía competir en un concurso de fisiculturismo. “Siempre me han gustado los deportes, pero nunca me había visto en una competencia de esas, y como siempre he sido arriesgada decidí ponerme positiva y participar”, dijo.
En el 2019 empezó sus entrenamientos para el concurso y ganó dos primeros lugares. Tras este logro, tomó un préstamo para poder ir a Perú a representar el país donde también conquistó en primer lugar.
Luego de ganar otras competencias, logró hacerse atleta profesional y entrenadora.

Gracias a su experiencia ha tenido la oportunidad de certificarse y con el tiempo ha conseguido varios clientes. Esto le permitió comprar un apartamento y dejar atrás la casa que se inundaba apenas llovía.
“La bulla en el barrio no dormía, y decidí comprarme un apartamento propio. No te digo que estoy donde quisiera estar, pero entiendo que voy bien”, expresó.
Lizbeth reconoce que, a pesar de que empezó desde cero y sin ayuda de nadie, siente que es un ejemplo de superación para todos aquellos que escuchan su historia.
“Quiero que mis vivencias puedan motivar a muchas personas a entender que no importa de dónde uno viene, uno siempre puede salir adelante haciendo lo que le gusta y honradamente”.





