Estados Unidos.- Un hombre logró vivir durante 271 días con un riñón de cerdo modificado genéticamente antes de recibir un trasplante de un órgano humano que continúa funcionando correctamente, un avance que podría abrir nuevas posibilidades para enfrentar la escasez de órganos destinados a trasplantes.
El paciente, Tim Andrews, recibió en enero de 2025 el riñón de cerdo en el Hospital General de Massachusetts, en Boston. En ese momento tenía 66 años y llevaba dos años sometido a diálisis debido a una insuficiencia renal.
El órgano porcino funcionó durante nueve meses, período en el que Andrews pudo prescindir de la diálisis. Según el equipo médico, se trata del período más prolongado registrado hasta ahora para un trasplante de un órgano animal a una persona.
Un órgano modificado genéticamente
El riñón utilizado en el procedimiento fue desarrollado por la empresa estadounidense eGenesis. El animal fue sometido a 69 modificaciones genéticas con el objetivo de reducir el riesgo de rechazo y adaptar el órgano al organismo humano.
Algunas de estas modificaciones buscaron evitar el rechazo inmediato que se produce cuando la sangre humana entra en contacto con un órgano porcino, mientras que otras incorporaron genes humanos relacionados con la regulación de la inflamación, la coagulación y la respuesta inmunitaria.
Los investigadores también desactivaron fragmentos de ADN conocidos como retrovirus endógenos porcinos, debido al riesgo potencial de que pudieran generar infecciones en seres humanos.
Tras la intervención, el riñón comenzó a producir orina inmediatamente y llegó a generar entre cuatro y cinco litros diarios durante la primera semana. Su funcionamiento permitió que Andrews abandonara la diálisis y recuperara una mayor independencia.
También puedes leer: España contribuyó con el 23 % de donantes de órganos de la UE y el 5 % del mundo en 2025
El rechazo obligó a retirar el órgano
Dos semanas después del trasplante aparecieron signos de rechazo. Los linfocitos T comenzaron a atacar el órgano, pero los médicos lograron controlar el episodio mediante medicamentos inmunosupresores.
Durante los meses siguientes, Andrews también enfrentó otras complicaciones de salud, entre ellas una infección en una pierna y una angina de pecho que requirió la colocación de un stent.
A los seis meses surgió un nuevo problema cuando fue necesario reducir la medicación inmunosupresora para combatir una infección bacteriana. Una inflamación de los vasos sanguíneos del riñón provocó la acumulación de coágulos y redujo progresivamente su capacidad para filtrar la sangre.
A los 271 días, el daño era irreversible y los médicos tuvieron que retirar el riñón porcino.
Después llegó el trasplante humano
Más de dos meses después de la extracción del órgano animal, Andrews recibió un riñón humano de un donante compatible con sus características. Siete meses después del trasplante, el nuevo órgano continuaba funcionando correctamente y no se había registrado una respuesta inmunitaria provocada por el contacto previo con el riñón porcino.
Para los investigadores, este resultado plantea la posibilidad de utilizar en el futuro los órganos de animales modificados genéticamente como un “puente” para mantener con vida a pacientes mientras esperan un donante humano.
Leonardo Riella, director médico del programa de trasplante renal del Hospital General de Massachusetts y autor principal del estudio, señaló que la escasez de órganos constituye uno de los principales problemas de los trasplantes.
La idea sería que los xenotrasplantes —procedimientos en los que se utilizan células, tejidos u órganos de una especie animal en seres humanos— permitan inicialmente que los pacientes abandonen la diálisis mientras esperan un órgano humano y, eventualmente, puedan convertirse en un tratamiento definitivo.
Un avance todavía experimental
Los especialistas advierten que el resultado no permite extraer conclusiones definitivas, ya que se trata de un estudio realizado en un solo paciente y sin grupo de comparación.
Entre los desafíos que todavía deben resolverse se encuentra comprender mejor el papel de las células del sistema inmunitario que participaron en el rechazo, además de desarrollar medicamentos capaces de proteger los vasos sanguíneos del órgano a largo plazo.
A pesar de las limitaciones, el caso de Andrews representa un paso relevante en la investigación de los xenotrasplantes y refuerza la posibilidad de que, en el futuro, órganos de animales modificados genéticamente puedan utilizarse para reducir la enorme brecha entre la cantidad de pacientes que necesitan un trasplante y la disponibilidad de órganos humanos.



