El arroz dominicano ante la apertura comercial: ¿más competencia hoy, mayor dependencia mañana?
La derogación del Decreto 693-24: implicaciones, beneficios y retos para el arroz dominicano

La derogación del Decreto 693-24, mediante el Decreto 635-26, emitido el 9 de septiembre de 2026, abre un nuevo capítulo en la política comercial y agropecuaria de la República Dominicana. La decisión elimina el régimen arancelario especial que se había establecido para regular las importaciones de arroz, proteger la producción nacional y preservar la seguridad alimentaria, en un contexto marcado por los compromisos asumidos en el Tratado de Libre Comercio entre RD, Centroamérica y Estados Unidos (DR-CAFTA).
Más que una disposición administrativa, esta medida plantea una discusión de fondo sobre el modelo de desarrollo agropecuario que necesita el país, el equilibrio entre apertura comercial y protección productiva, y la capacidad del Estado para garantizar alimentos esenciales a precios razonables sin debilitar a quienes los producen.
¿Qué establecía el Decreto 693-24?
El Decreto 693-24, promulgado el 17 de diciembre de 2024, dispuso la aplicación de un arancel de 20 % dentro del contingente arancelario correspondiente y de 99 % fuera de ese contingente, conforme al régimen establecido por la República Dominicana ante la Organización Mundial del Comercio. También contemplaba una cuota preferencial de 23,300 toneladas métricas de arroz originario de Estados Unidos con arancel cero.
La disposición procuraba establecer un mecanismo de protección frente a las condiciones comerciales previstas en el DR-CAFTA y salvaguardar la capacidad productiva nacional, considerando la importancia del arroz en la dieta dominicana y su contribución a la economía rural.
Con su derogación, desaparece ese régimen arancelario específico. La decisión se produce en medio de conversaciones comerciales con Estados Unidos, que había planteado la necesidad de garantizar el acceso de su arroz al mercado dominicano conforme a los compromisos del tratado.
Implicaciones negativas: los riesgos para la producción nacional
1. Mayor exposición a la competencia internacional. La eliminación del mecanismo arancelario especial puede incrementar la exposición de los productores dominicanos a la competencia del arroz importado. Si los costos de producción locales son superiores a los de los países exportadores, los agricultores podrían enfrentar dificultades para mantener sus márgenes de rentabilidad. La preocupación no radica en rechazar las importaciones, sino en asegurar que la competencia se produzca en condiciones que permitan la sostenibilidad de la producción nacional.
2. Presión sobre los ingresos de los productores. Una mayor oferta importada puede ejercer presión sobre los precios internos, especialmente durante los períodos de cosecha. Si los precios recibidos por los productores disminuyen mientras permanecen elevados los costos de semillas, fertilizantes, combustibles, preparación de terrenos, riego y financiamiento, la rentabilidad de las fincas podría deteriorarse. En esas circunstancias, los productores con menor capacidad financiera serían particularmente vulnerables.
3. Riesgos para el empleo y las economías rurales. La producción arrocera moviliza una cadena de actividades que incluye preparación de terrenos, siembra, cosecha, transporte, procesamiento, almacenamiento, comercialización y distribución de insumos. Por consiguiente, una reducción sostenida de la producción nacional podría repercutir no solamente en los agricultores, sino también en los trabajadores, transportistas, factorías y pequeños negocios vinculados al cultivo. El impacto sería especialmente importante en las comunidades donde el arroz representa una fuente fundamental de ingresos.
4. Vulnerabilidad de la seguridad alimentaria. La dependencia excesiva de las importaciones puede aumentar la exposición del país a las fluctuaciones de los precios internacionales, los costos del transporte, las restricciones comerciales y las interrupciones de las cadenas de suministro. El arroz constituye un alimento básico para los hogares dominicanos. Por eso, conservar una capacidad productiva nacional suficiente debe considerarse un componente estratégico de la seguridad alimentaria. La protección de esa capacidad no significa aspirar a producir a cualquier costo, sino evitar que las decisiones comerciales reduzcan innecesariamente la posibilidad de abastecer el mercado interno.
Beneficios potenciales de la derogación
1. Posibilidad de reducir los precios al consumidor. Si la eliminación del régimen arancelario reduce efectivamente el costo de importación, podría aumentar la oferta disponible y generar presiones a la baja sobre los precios del arroz. Sin embargo, ese beneficio no es automático. Dependerá de los precios internacionales, el transporte, los costos de distribución, la estructura del mercado y el grado en que los ahorros se trasladen al consumidor final. Por tanto, será necesario vigilar la evolución de los precios en las importaciones, las factorías, los comercios y los mercados minoristas.
2. Mayor competencia y eficiencia productiva. La competencia externa puede incentivar a los productores nacionales a mejorar sus procesos, incorporar tecnologías, reducir desperdicios y elevar la productividad. Este efecto positivo dependerá de que los agricultores tengan acceso oportuno al financiamiento, asistencia técnica, maquinaria, infraestructura de riego y tecnologías apropiadas. La competencia por sí sola no elimina las limitaciones estructurales de la producción.
3. Mayor previsibilidad en las relaciones comerciales. La adecuación de la política arancelaria a los compromisos internacionales puede contribuir a reducir controversias comerciales y fortalecer la previsibilidad de las relaciones económicas con Estados Unidos, un socio relevante para la RD. No obstante, el cumplimiento de los acuerdos debe acompañarse de una estrategia nacional que identifique los márgenes de actuación permitidos y aproveche los instrumentos legales disponibles para fortalecer la competitividad agropecuaria.
4. Oportunidades para modernizar el sector. La nueva situación puede convertirse en un incentivo para revisar los costos de producción, mejorar la gestión del agua, fortalecer la investigación agrícola y promover mecanismos de comercialización más eficientes. Si estas transformaciones se ejecutan adecuadamente, la apertura comercial podría servir como estímulo para modernizar el sector, en lugar de convertirse en un factor de debilitamiento de la producción nacional.
Los principales retos para el Gobierno y el sector arrocero
El desafío fundamental consiste en evitar que la derogación del decreto se traduzca en una pérdida de capacidad productiva. Para ello, es necesario pasar de una discusión concentrada en los aranceles a una política integral de competitividad.
Primero: reducir los costos de producción. Se requiere mejorar la eficiencia del riego, ampliar la mecanización, fortalecer la asistencia técnica y facilitar el acceso a insumos de calidad. La reducción sostenible de los costos debe ser una prioridad de la política agropecuaria.
Segundo: garantizar financiamiento oportuno. Los productores necesitan crédito en condiciones compatibles con los ciclos agrícolas, seguros agropecuarios y mecanismos que les permitan enfrentar riesgos climáticos y variaciones de precios.
Tercero: establecer reglas claras de comercialización. Es indispensable mejorar la planificación de las siembras, la información sobre inventarios y cosechas, la coordinación entre productores y factorías y la transparencia en la formación de precios.
Cuarto: fortalecer la investigación y la innovación. El desarrollo de variedades de alto rendimiento, resistentes a enfermedades y adaptadas a las condiciones locales puede contribuir a mejorar la productividad y la sostenibilidad ambiental.
Quinto: evaluar mecanismos legales e institucionales de protección compatibles con los acuerdos comerciales. El Estado debe estudiar los instrumentos permitidos por el DRCAFTA y las reglas de la Organización Mundial del Comercio para responder a eventuales distorsiones del mercado, sin recurrir a medidas que generen nuevos conflictos comerciales.
Sexto: proteger al consumidor sin desincentivar al productor. La política pública debe procurar precios razonables para las familias y, simultáneamente, condiciones que permitan una remuneración sostenible a los agricultores. Ambos objetivos deben abordarse de manera conjunta.
El Ministerio de Agricultura ha anunciado iniciativas de mecanización y asistencia para fortalecer la productividad del sector. El reto será convertir esos anuncios en programas financiados, medibles y accesibles para los productores, con metas verificables de reducción de costos y aumento del rendimiento.
Una decisión que exige visión de Estado
La derogación del Decreto 693-24 no debe evaluarse únicamente por sus efectos inmediatos sobre las importaciones. También debe analizarse por sus consecuencias sobre la inversión agrícola, el empleo rural, los ingresos de los productores y la capacidad del país para abastecer su propio mercado.
La apertura comercial puede generar oportunidades, pero sus beneficios no se distribuyen necesariamente de manera uniforme. Mientras algunos consumidores y operadores comerciales podrían beneficiarse de una mayor competencia, los productores menos eficientes o con menor acceso a recursos financieros podrían enfrentar mayores dificultades.
Por eso, la respuesta no debe reducirse a defender indiscriminadamente los aranceles ni a asumir que la liberalización garantiza automáticamente precios más bajos. Se necesita evidencia, seguimiento del mercado y una política pública capaz de anticipar y corregir los desequilibrios.
Conclusión: competitividad sin renunciar a la seguridad alimentaria
La República Dominicana enfrenta el reto de armonizar sus compromisos comerciales internacionales con la defensa de su capacidad productiva. Cumplir con el DR-CAFTA y preservar la producción nacional no tienen por qué ser objetivos incompatibles, siempre que exista una estrategia coherente, técnicamente sustentada y ejecutada con responsabilidad.
La pregunta central es si el país está preparado para competir en un mercado más abierto sin comprometer la sostenibilidad de su sector arrocero. La respuesta dependerá de las medidas que acompañen la derogación: financiamiento, tecnología, mecanización, asistencia técnica, infraestructura, transparencia comercial y planificación agropecuaria.
El verdadero desafío no consiste solamente en importar arroz en mejores condiciones, sino en garantizar que la República Dominicana conserve la capacidad de producirlo de manera eficiente, sostenible y rentable. Porque la seguridad alimentaria no se construye únicamente con disponibilidad de productos en los mercados; también requiere capacidad productiva, agricultores sostenibles y políticas públicas que protejan el interés nacional a largo plazo.
Por Edita Rodríguez, MGP


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