El oro tiene precio, pero el orgullo de representar a RD no tiene valor

Frank De la Cruz
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Hay momentos en la vida de una nación en los que las palabras sobran y los hechos hablan por sí solos.

Santo Domingo 2026 fue uno de esos momentos.

Durante los Juegos Centroamericanos y del Caribe, la República Dominicana no solamente fue sede de una de las grandes fiestas deportivas de la región. Fue también escenario de una demostración contundente de talento, sacrificio, disciplina y orgullo patrio.

Nuestros atletas no compitieron únicamente por una medalla.

Compitieron por una bandera.

Por un himno.

Por sus familias.

Por sus entrenadores.

Y por millones de dominicanos que, desde las gradas, sus hogares o frente a una pantalla, sintieron como propio cada triunfo, cada derrota, cada lágrima y cada celebración.

Ahora que las competencias han terminado, llega la hora de hacer justicia.

El Gobierno dominicano, a través del Ministerio de Deportes, ha anunciado incentivos económicos para los atletas que conquistaron medallas en estos Juegos, una decisión que debe ser recibida con satisfacción y, sobre todo, con la esperanza de que el compromiso anunciado se traduzca rápidamente en hechos.

Porque hay algo que debemos dejar claro: premiar a un atleta que gana una medalla no es regalarle dinero. Es reconocerle una parte del sacrificio que hizo para conseguirla.

Y esa diferencia es fundamental.

Liranyi Alonso: cuatro veces campeona

Entre las grandes protagonistas de esta histórica jornada aparece un nombre que merece ser escrito con letras mayúsculas: Liranyi Alonso.

Cuatro medallas de oro.

Cuatro veces en lo más alto del podio.

Cuatro veces escuchando el himno dominicano.

Cuatro veces demostrando que el talento, cuando se combina con disciplina y perseverancia, puede convertirse en grandeza.

Lo conseguido por Alonso no puede ser visto como una simple estadística dentro del medallero. Es una declaración de principios.

Es la confirmación de que República Dominicana tiene una nueva generación de atletas capaces de asumir el protagonismo internacional.

Y precisamente por eso, el reconocimiento económico debe estar acompañado de algo todavía más importante: continuidad.

Porque sería un grave error celebrar a Liranyi Alonso hoy y olvidarnos de ella mañana.

Los campeones necesitan respaldo antes de ganar, durante la competencia y después de subir al podio.

Los Pigozzi  y el valor de las disciplinas menos visibles

También hay que detenerse en la extraordinaria actuación de los hermanos Pigossi.

Mientras algunas disciplinas disfrutan de una enorme exposición mediática, existen otras en las que nuestros atletas trabajan prácticamente en silencio, lejos de los grandes titulares y con enormes dificultades para conseguir los recursos necesarios para competir al más alto nivel.

La familia Pigossi demostró que el talento dominicano no tiene límites ni fronteras.

Su actuación representa una verdad que muchas veces olvidamos: el deporte dominicano no termina en el béisbol, el boxeo, el atletismo o el baloncesto.

Hay campeones dominicanos en disciplinas que necesitan mayor respaldo, mayor promoción y mayores oportunidades.

Y Santo Domingo 2026 sirvió para demostrarlo.

María Dimitrova: La grandeza de no ceder

Si existe una palabra que puede definir la trayectoria de María Dimitrova, esa palabra es permanencia.

Mientras otros llegan a la cima y eventualmente desaparecen, Dimitrova ha convertido la excelencia en una costumbre.

Su sexta medalla de oro consecutiva en Juegos Centroamericanos y del Caribe en la modalidad de kata constituye una hazaña extraordinaria.

Pero más allá del número, hay una historia humana.

Hay años de entrenamiento.

Hay sacrificios.

Hay momentos difíciles.

Hay lesiones, dudas, derrotas y días en los que seguramente tuvo que encontrar fuerzas donde parecía no quedar ninguna.

Por eso, cuando el Estado entregue un incentivo económico a María Dimitrova, no estará pagando por una simple medalla.

Estará reconociendo una trayectoria.

Marileidy Paulino y la dimensión de una campeona

Y en esta conversación es imposible dejar fuera a Marileidy Paulino.

La campeona olímpica y mundial se ha convertido en uno de los rostros más importantes del deporte dominicano contemporáneo.

Paulino ya no corre únicamente contra sus rivales.

Corre contra el cronómetro, contra la historia y contra sus propios límites.

Su presencia en Santo Domingo 2026 elevó todavía más el nivel de una delegación que tuvo la responsabilidad de competir frente a su público.

Marileidy representa lo que puede lograr una atleta cuando encuentra el equilibrio perfecto entre talento, disciplina, preparación y mentalidad ganadora.

Pero también representa una responsabilidad para el Estado.

El éxito de Marileidy no debe ser utilizado solamente para fotografías, ceremonias y discursos.

Debe convertirse en argumento para seguir invirtiendo en el deporte.

El dinero no compra una medalla.

Aquí está el punto central de esta columna.

Ningún incentivo económico puede comprar una medalla.

Ningún cheque puede comprar los años de sacrificio de un atleta.

Ninguna cantidad de dinero puede devolverle a un deportista las horas que dejó de compartir con su familia, los cumpleaños que perdió, las vacaciones que sacrificó o las madrugadas que pasó entrenando mientras otros dormían.

Por eso el incentivo no compra la medalla.

La honra.

Y eso tiene un valor incalculable.

El Gobierno ha establecido incentivos para los medallistas de acuerdo con el color de sus preseas y contempla también reconocimientos para los entrenadores.

Esa decisión debe ser defendida porque detrás de cada campeón existe un equipo.

Existe un entrenador que madrugó.

Un fisioterapeuta que atendió una lesión.

Un preparador físico que exigió cuando las fuerzas parecían agotarse.

Una familia que sostuvo emocionalmente al atleta.

Y una federación que tuvo que organizar todo un proceso de preparación.

No podemos aparecer solamente cuando llegan las medallas.

Pero también debemos ser exigentes.

El verdadero compromiso con los atletas no se demuestra únicamente cuando llegan las medallas.

Se demuestra cuando comienzan los entrenamientos.

Cuando hay que comprar equipos.

Cuando se necesita viajar.

Cuando aparece una lesión.

Cuando un atleta necesita competir en Europa, Asia, Estados Unidos o cualquier otro escenario para elevar su nivel.

Y, sobre todo, cuando una joven promesa necesita saber que el país cree en ella antes de que conquiste su primera medalla.

Los incentivos de Santo Domingo 2026 son importantes.

Pero son apenas una parte de la responsabilidad.

El verdadero desafío consiste en construir un sistema deportivo capaz de producir campeones de manera sostenible.

El momento de cumplir

El pueblo dominicano ya hizo su parte.

Ánimo.

Celebró.

Acompañó.

Se emocionó.

Y convirtió estos Juegos en una verdadera fiesta nacional.

Ahora corresponde al Estado hacer la suya.

Los atletas que conquistaron medallas deben recibir sus incentivos en tiempo oportuno.

Sin burocracia innecesaria.

Sin retrasos.

Sin excusas.

Porque ellos cumplieron.

Ahora toca cumplirles a ellos.

Liranyi Alonso cumplió.

Los hermanos Pigossi cumplieron.

María Dimitrova cumplió.

Marileidy Paulino cumplió.

Y junto a ellas, decenas de atletas dominicanos que llevaron sobre sus hombros el peso y el orgullo de una nación.

Una medalla que nos pertenece a todos

Santo Domingo 2026 dejará estadísticas, récords y fotografías.

Pero, sobre todo, dejará historias.

Historias de jóvenes que aprendieron que los sueños pueden convertirse en realidad.

Historias de madres y padres que vieron a sus hijos subir al podio.

Historias de entrenadores que finalmente recibieron la recompensa a tantos años de trabajo.

Y la historia de una República Dominicana que demostró que tiene talento para competir y ganar.

Por eso, desde esta columna hacemos un llamado a que los incentivos anunciados sean entregados con la misma rapidez y determinación con la que nuestros atletas defendieron la bandera.

Porque un país que exige medallas también tiene que saber reconocer a quienes las conquistan.

No queremos héroes de ocasión.

Queremos atletas respaldados durante toda su carrera.

No queremos fotografías después del triunfo.

Queremos políticas deportivas antes, durante y después de cada competencia.

No queremos promesas.

Queremos hechos.

Porque cuando Liranyi Alonso ganó cuatro medallas de oro, cuando María Dimitrova volvió a demostrar su grandeza, cuando Marileidy Paulino volvió a poner al país en lo más alto y cuando los hermanos Pigossi escribieron su propia página de gloria, no ganó solamente un atleta. Ganó la República Dominicana.

Y cuando llegue el momento de entregar esos incentivos, tampoco será solamente un atleta quien los reciba.

Será una nación diciendo:

Gracias por representarnos.

Gracias por sacrificarse.

Gracias por no rendirse.

Y, sobre todo:

Gracias por enseñarnos que la bandera dominicana también puede ondear en lo más alto del podio.

Porque las medallas se guardan en una vitrina.

Los récords algún día pueden ser superados.

Los tiempos pueden ser quebrados.

Pero el orgullo de haber defendido con dignidad los colores de la República Dominicana permanece para siempre.

Ahora les toca a ellos recibir.

El país ya recibió su gloria.

Frank De La Cruz
Editor Deportivo de DE ÚLTIMO MINUTO

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