Para un partido en el gobierno, expuesto siempre a las tensiones naturales del poder y a las ambiciones legítimas de sus cuadros, salir ileso de un proceso interno es casi una anomalía.
Por eso, el Partido Revolucionario Moderno (PRM) acaba de anotarse un tanto estratégico que no debe subestimarse. Su primera gran prueba de fuego, la elección de sus nuevas autoridades, ha dejado tras de sí una mudez que solo puede interpretarse como paz, cuando hace unos meses los ánimos estaban caldeados entre grupos que promovían que se realice una convención, y otros sectores apostaban por un consenso.
También, el intento de aplazamiento de la elección de sus autoridades internas provocó un foco de tensiones dentro de la organización oficialista. Pero todo se calmó.
El PRM ha logrado sortear este primer escollo con una madurez institucional que desarmó a la oposición, alejándose del fantasma de aquellos años del PRD. El partido ha superado su primera prueba, y con nota alta.
Contrario a los pataleos, sillazos que se esperaban, tiroteos, denuncias de fraude o de rupturas públicas, hoy se respira paz en la atmósfera perremeísta, lo que confirma que los consensos funcionaron y que las bases, por ahora, han aceptado el rumbo trazado.
Superado el trámite organizativo, el PRM se encamina ahora hacia su verdadero nudo gordiano: saber elegir a su próximo candidato presidencial.
Esta segunda prueba subirá la temperatura de forma dramática, pues ya no se trata de repartir cuotas administrativas o de dirección partidaria; se trata de elegir la figura que encarnará el proyecto de nación y que deberá unificar a las distintas corrientes internas.
El reto radica en diseñar un mecanismo de elección transparente, incuestionable y democrático que evite heridas sangrientas.
El partido de gobierno necesita un candidato con suficiente peso específico para heredar el capital político actual, pero también con la destreza necesaria para mantener cohesionada a la maquinaria oficialista. Un solo paso en falso en este proceso podría quebrar la paz que hoy exhiben.
Y todo esto confluye en el examen final, el objetivo supremo para el cual las dos etapas anteriores son solo el preámbulo: retener el poder. Gobernar desgasta, y las demandas ciudadanas no dan tregua.
El PRM tendrá que demostrarle al electorado que merece cuatro años más, presentándose no como una simple opción de coyuntura, sino como un proyecto de estabilidad a largo plazo.
La mudez actual del PRM es un buen augurio, un respiro necesario que demuestra disciplina. Pero los partidos no se miden solo por cómo empiezan sus procesos, sino por cómo terminan sus batallas.
La primera prueba está superada; la verdadera carrera de resistencia política apenas comienza.



