En la política dominicana hemos alcanzado una sofisticación admirable: ya no basta con ser transparente; ahora también hay que producir la transparencia, iluminarla correctamente, ponerle cámaras, transmitirla por streaming y, por supuesto, cuidar que nadie se acerque demasiado a hacer preguntas incómodas.
Este lunes nace “LA Agenda Semanal”, el nuevo formato de comunicación del presidente Luis Abinader. La Presidencia lo presenta como una ventana para que los ciudadanos puedan observar cómo el mandatario supervisa proyectos, revisa indicadores, identifica obstáculos, escucha funcionarios y toma decisiones. Una especie de sala de máquinas del Gobierno abierta al público.
Una ventana magnífica.
Con el pequeño detalle de que la prensa tendrá que mirar desde afuera.
Según informó la Dirección de Prensa del Presidente, los periodistas no tendrán acceso presencial al nuevo espacio. El encuentro funcionará en circuito cerrado, mientras los medios podrán enviar preguntas previamente o formularlas durante la transmisión. Quien conducirá la conversación y hará las preguntas a los funcionarios será el propio presidente.
Es decir: hemos pasado de “LA Semanal con la Prensa” a una semanal sin la prensa.
El cambio parece pequeño en el nombre, pero enorme en la filosofía.
Durante más de dos años, el antiguo formato colocaba al mandatario frente a periodistas que, con mayor o menor fortuna, podían preguntar directamente después de la exposición gubernamental. Ese espacio terminó en diciembre de 2025. Ahora regresa transformado en una reunión ejecutiva televisada donde el Presidente preguntará a sus propios funcionarios y posteriormente el Gobierno remitirá a los medios un informe sobre lo tratado.
La evolución comunicacional resulta fascinante.
Antes el Gobierno respondía preguntas.
Ahora el Gobierno se hará las preguntas.
Y después nos contará las respuestas.
No hay que ser discípulo de Maquiavelo para descubrir la ventaja del método.
Porque una cosa es preguntarle al ministro de Educación cómo marcha el inicio del año escolar cuando uno conoce previamente la respuesta que desea obtener, y otra muy distinta es que un periodista pregunte por aquella escuela que todavía no está lista, por el contrato cuestionado, por el presupuesto que no cuadró o por la promesa que se quedó haciendo turismo entre oficinas públicas.
Ahí está precisamente la función incómoda de la prensa.
Un periodista no está para ayudar al funcionario a lucirse.
Está para dañarle el PowerPoint.
El Gobierno sostiene que mantiene su interés en rendir cuentas y que los medios podrán remitir preguntas. Esa explicación merece ser reconocida: no se trata de un apagón informativo ni de una transmisión clandestina. Habrá cámaras, difusión por radio, televisión, redes sociales y streaming.
Pero información gubernamental y rendición de cuentas no son exactamente lo mismo.
La primera consiste en que el poder explique lo que quiere explicar.
La segunda comienza justamente cuando alguien puede preguntarle por aquello que preferiría no explicar.
Por eso resulta paradójico que el nuevo formato sea anunciado como una manera de acercar la gestión pública a la ciudadanía mientras se coloca una prudente distancia entre esa gestión y quienes profesionalmente tienen la tarea de cuestionarla.
Es como inaugurar una casa de cristal y prohibir la entrada porque pueden ensuciar los vidrios.
La Presidencia explica que cada lunes veremos al mandatario revisando resultados, identificando dificultades y coordinando soluciones con ministros y directores. Perfecto. Puede resultar incluso útil observar cómo funciona una reunión gubernamental.
El problema aparece cuando semejante ejercicio pretende ocupar el espacio simbólico que antes correspondía al intercambio con la prensa.
Una reunión de trabajo televisada puede ser transparencia.
Una conversación entre funcionarios puede ser pedagogía gubernamental.
Un presidente interrogando a sus ministros puede hasta producir momentos interesantes.
Pero ninguna de esas cosas sustituye el valor democrático de una pregunta formulada por alguien que no pertenece al libreto.
Porque el verdadero examen del poder nunca ha consistido en responder correctamente las preguntas escogidas por el examinando.
En República Dominicana deberíamos conocer suficientemente bien esa película.
Aquí todos los gobiernos, sin importar colores ni consignas, terminan descubriendo en algún momento las maravillas de la comunicación cuidadosamente administrada. Al principio se celebra la apertura. Después llegan los filtros. Más tarde aparecen los formatos. Finalmente alguien decide que la democracia funciona mucho mejor cuando las preguntas llegan organizaditas por correo.
Y así, poco a poco, el ciudadano deja de presenciar una rendición de cuentas y comienza a contemplar una producción audiovisual sobre la rendición de cuentas.
No es lo mismo.
Aunque tenga mejor iluminación.
El nuevo espacio podría demostrar que el Gobierno tiene resultados que mostrar y funcionarios capaces de responder. Ojalá. Precisamente por eso debería resistir las preguntas que no controla.
Porque cuando un poder está suficientemente seguro de sus respuestas, rara vez necesita escoger quién sostiene el micrófono.
La transparencia no consiste solamente en abrir una ventana.
Consiste, sobre todo, en no decidir desde adentro qué puede mirar quien está afuera.




