El oxígeno político de Luis Abinader

El oxígeno político de Luis Abinader

Hay presidentes que se aferran al poder como quien se agarra de una tabla en medio de un naufragio. Y hay otros que, al menos en apariencia, deciden soltarla voluntariamente. Luis Abinader pertenece, hasta ahora, a la segunda categoría. Haber decidido no buscar un tercer mandato, en cumplimiento de lo establecido por la Constitución, y haber contribuido, además, a blindar esa prohibición incluso contra sí mismo, constituye uno de los actos de coherencia política más inusuales de nuestra democracia reciente.

Pero también uno de los más arriesgados.

Sobre todo cuando se gobierna un partido que, como tantos partidos dominicanos, parece tener una especial vocación para pelearse consigo mismo. Porque en política existe una vieja y vaga creencia: el dirigente que no aspira pierde poder. Y si no pierde poder, al menos pierde esa capacidad de provocar silencios incómodos cuando entra a una habitación.

A Abinader comenzaron a cobrarle esa factura demasiado temprano.

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Desde que anunció que no buscaría un tercer período, antes incluso de comenzar su segundo cuatrienio, en el PRM comenzaron a aparecer herederos hasta debajo de las piedras. Cada quien sacó su escalera, buscó su grupo, organizó sus tropas y comenzó a calcular dónde aterrizaría cuando el padre de la criatura abandonara la silla.

La situación se agudizó cuando, tras celebrar su triunfo para un segundo mandato, dejó claro que tampoco intentaría modificar las reglas para quedarse.

El mensaje fue interpretado como un gesto de institucionalidad. Pero algunos, dentro de su propio partido, parecieron escuchar otra cosa: «La fiesta comenzó y el dueño de la casa ya se va».

Desde entonces, el presidente ha tenido que pedir varias veces «orden en la sala». Y, como suele ocurrir cuando los muchachos descubren que papá no estará en la próxima repartición de la herencia, algunos de esos llamados fueron olímpicamente ignorados.

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Hasta que Abinader tocó una tecla mucho más sensible que cualquier discurso sobre unidad, disciplina o institucionalidad: los cargos públicos.

Porque una cosa es desafiar al presidente en una reunión política y otra muy distinta hacerlo mientras se está sentado cómodamente en una silla del Estado.

Eso, naturalmente, ayudó a que más de uno comenzara a sentar cabeza.

Abinader, aun con el liderazgo aparentemente desgastado, acaba de recordar que todavía tiene una poderosa ficha en el tablero.

Lo ocurrido este fin de semana parece responder a una necesidad distinta. Al asumir directamente la presidencia del PRM, Luis Abinader no solo tomó la batuta de un partido que comenzaba a correr sin director de orquesta. También se administró una buena dosis de oxígeno político.

No sabemos si fue suficiente para salir del estado crítico. Pero sí para recordar que el paciente todavía respira.

En su discurso, dejó varios mensajes que, curiosamente, parecieron perderse entre los aplausos y la cobertura del evento. Dijo que en el PRM debía prevalecer la democracia y, por tanto, habría competencia entre quienes aspiren. Traducido al castellano político: habrá elecciones internas y nadie debería ir preparando todavía la coronación.

También aseguró que no tiene un candidato ni una candidata favorita. Ni Carolina Mejía ni David Collado, para citar los dos nombres que más espacio ocupan hoy en las conversaciones políticas.

Y remató afirmando que no pretende imponer un candidato ni fabricar un consenso a la medida de nadie.

Ese último detalle tiene particular importancia. Porque mientras algunos quisieran resolver la sucesión con un acuerdo previamente empacado, sellado y entregado en la puerta del partido, Abinader acaba de decir que, al menos oficialmente, la competencia sigue abierta.

Y eso tiene un efecto inmediato: su liderazgo acaba de subir de precio. ¡Subió la libra de Abinader!

Quizás, durante su gestión presidencial, Luis no haya dedicado suficiente tiempo a fortalecer las bases partidarias ni a construir una estructura interna tan sólida como la que requiere un presidente que renuncia voluntariamente a la posibilidad de sucederse. Pero sigue siendo el presidente de la República. Y en la política dominicana, contar con el respaldo, explícito o silencioso, del presidente en funciones sigue siendo una de las inversiones más rentables del mercado.

El Estado pisa y pesa.

Quizás la decisión de Abinader de no favorecer a ningún candidato sea tan genuina como otras promesas que, incluso cuando le perjudicaban políticamente, decidió cumplir. Sería injusto negar que su conducta respecto a la reelección le concede el beneficio de la duda.

Pero la política tiene una particularidad: incluso las decisiones sinceras producen efectos estratégicos.

Al no casarse con nadie, Abinader consigue que todos sigan necesitando hablar con él. Que nadie pueda declararse heredero oficial.

Mientras tanto, muchos de sus propios cuadros comenzaron hace tiempo a dar tumbos entre uno y otro proyecto presidencial. Algunos escogieron temprano. Otros apostaron. Otros, sencillamente, intentan tener un pie en cada bote.

Abinader acaba de hacer uso del poder que aún le queda para mantener en equilibrio a su partido, en momentos en los que el discurso de la unidad parece más un sofisma que una realidad.

La pregunta es cuánto tiempo más podrá sostener ese equilibrio sin quemarse.

Porque en el PRM ya comenzó la pelea por el futuro. Y Luis Abinader, que parecía haberse resignado a observarla desde la orilla, acaba de recordarnos que todavía tiene las manos dentro del juego.

Angely Moreno

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