PISA 2025: una alerta que no podemos ignorar, pero tampoco una razón para perder la esperanza

Redacción De Último Minuto
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PISA 2025: una alerta que no podemos ignorar, pero tampoco una razón para perder la esperanza

Edita Rodríguez, MGP

Los resultados de PISA 2025 vuelven a colocar la educación dominicana frente a un espejo que no podemos esquivar. Y lo que vemos exige preocupación, pero también madurez para analizar los datos sin triunfalismos ni derrotismo.

La República Dominicana obtuvo 339 puntos en matemáticas, 346 en lectura y 361 en ciencias. En las tres áreas permanecemos por debajo del promedio de la OCDE. Apenas el 9 % de nuestros estudiantes alcanzó el nivel mínimo de competencia en matemáticas, frente al 65 % del promedio de la OCDE; en ciencias lo alcanzó el 26 %, frente al 74 %, y en lectura, el 23 %, frente al 69 %. Estos números son contundentes. Pero también cuentan una historia que merece ser examinada con mayor profundidad.

No todo es retroceso

Si comparamos los resultados actuales con nuestra primera participación en PISA, en 2015, encontramos una realidad menos negativa de lo que podría sugerir una lectura superficial.

En diez años, ciencias pasó de 332 a 361 puntos, una mejoría de 29 puntos. Matemáticas aumentó de 328 a 339, mientras lectura pasó de 358 a 346. En ciencias, además, disminuyó en 12 puntos porcentuales la proporción de estudiantes que se encuentran por debajo del nivel básico. Es decir, hay avances, pero no son suficientes.

Y precisamente ahí está la discusión que debemos tener como país. No se trata de buscar argumentos para celebrar ni de razones para condenar. Se trata de entender qué funciona, qué no funciona y qué debemos cambiar.

El problema más serio: estamos enseñando, pero todavía no estamos logrando suficientes aprendizajes

El gran desafío que revelan estos resultados es la distancia entre asistir a la escuela y aprender en ella.

Tener más estudiantes matriculados, más infraestructura, más dispositivos tecnológicos o mayores presupuestos educativos no garantiza por sí mismo mejores aprendizajes. La pregunta fundamental debe ser otra: ¿Qué está aprendiendo realmente nuestro estudiante después de diez o doce años en el sistema educativo?

PISA mide precisamente competencias que trascienden la memorización: comprender, interpretar, razonar, aplicar conocimientos, resolver problemas y utilizar la información para enfrentar situaciones reales. Y ahí tenemos una deuda importante. El hecho de que apenas 9 de cada 100 estudiantes evaluados alcancen el nivel mínimo en matemáticas debería provocar una reflexión nacional profunda. No podemos aspirar a una economía más productiva, innovadora y competitiva si una parte tan reducida de nuestros jóvenes domina las competencias matemáticas fundamentales. Lo mismo ocurre con la lectura.

Un estudiante que no comprende adecuadamente un texto tendrá dificultades para aprender ciencias, interpretar información económica, utilizar herramientas digitales, distinguir información verdadera de desinformación o tomar decisiones fundamentadas. La crisis de la lectura no es solamente educativa: es económica, social, cultural y democrática.

La educación debe dejar de medirse solamente por cobertura

Durante décadas hemos avanzado en ampliar el acceso a la educación. Eso era indispensable.

Pero el siguiente gran salto debe ser pasar de una política centrada principalmente en cobertura y recursos a una política centrada en aprendizajes y resultados. Eso significa evaluar permanentemente qué están aprendiendo los estudiantes y utilizar esa información para intervenir a tiempo.

No podemos esperar a que un joven llegue a cuarto de secundaria para descubrir que arrastra deficiencias fundamentales en comprensión lectora o razonamiento matemático.

Necesitamos sistemas de alerta temprana que permitan identificar esas brechas desde los primeros grados y programas intensivos de recuperación.

Cinco prioridades para cambiar la trayectoria

La respuesta no debería consistir simplemente en aumentar horas de clase o repetir contenidos. Necesitamos, por lo menos, cinco grandes prioridades.

Primera: recuperar la lectura como política nacional.

Leer debe volver a ocupar un lugar central en la escuela y en el hogar. Necesitamos fortalecer la comprensión lectora desde los primeros grados, formar lectores y no solamente estudiantes capaces de decodificar palabras.

Segunda: transformar la enseñanza de las matemáticas.

Debemos pasar de memorizar procedimientos a comprender conceptos, razonar y resolver problemas. Las matemáticas tienen que conectarse con la vida cotidiana, las finanzas personales, la ciencia, la tecnología y el mundo laboral.

Tercera: invertir más en el docente y mejor en su desarrollo profesional.

Ninguna reforma educativa será sostenible si no coloca al maestro en el centro. Formación continua, acompañamiento pedagógico, evaluación, reconocimiento profesional y mejores condiciones para enseñar deben formar parte de una misma política.

Cuarta: utilizar los datos para tomar decisiones.

PISA no debe convertirse en noticia durante una semana y desaparecer después de los titulares. Sus resultados deben cruzarse con las evaluaciones nacionales, los indicadores de asistencia, la situación socioeconómica de los estudiantes y el desempeño de cada territorio y centro educativo. Necesitamos saber dónde están las brechas, por qué existen y qué intervención funciona para cerrarlas.

Quinta: reducir las desigualdades de aprendizaje.

La OCDE encuentra que en República Dominicana los estudiantes socioeconómicamente favorecidos superan a los desfavorecidos por 69 puntos en ciencias. Aunque esta brecha es menor que el promedio de la OCDE, sigue siendo significativa.

La educación debe ser precisamente el mecanismo que permita romper el círculo de la pobreza y ampliar las oportunidades. No podemos aceptar que el lugar donde nace un niño determine, en buena medida, la calidad de la educación que recibirá.

El desafío ahora es aprender de quienes avanzan

También debemos abandonar la idea de que el problema educativo dominicano se resolverá únicamente con más recursos. Los recursos son necesarios, pero la eficiencia del gasto, la calidad de la gestión, la formación docente, el liderazgo escolar, la cultura de aprendizaje y la evaluación importan tanto como la inversión.

Por eso necesitamos estudiar las experiencias de los sistemas educativos que han logrado mejores resultados, pero sin copiar modelos mecánicamente. La República Dominicana necesita construir su propio modelo, tomando buenas prácticas internacionales y adaptándolas a nuestra realidad social, económica y cultural.

PISA no debe ser una sentencia; debe ser una brújula

PISA no dice que nuestros jóvenes no puedan aprender. Dice que nuestro sistema todavía no está logrando que aprendan al nivel que necesitan. Y esa diferencia es enorme. Porque un diagnóstico desfavorable no tiene por qué convertirse en una condena. Los resultados muestran que hemos sido capaces de mejorar en ciencias y que existen estudiantes dominicanos que, aun enfrentando condiciones socioeconómicas adversas, alcanzan altos niveles de desempeño. La propia OCDE identifica un grupo de estudiantes desfavorecidos que logra situarse entre los mejores desempeños científicos dentro del país. Ahí está una de nuestras mayores razones para la esperanza. Tenemos talento. Tenemos estudiantes capaces. Tenemos docentes comprometidos. Tenemos familias que aspiran a un mejor futuro para sus hijos.

Lo que necesitamos es convertir esas capacidades individuales en resultados sistémicos.

La verdadera reforma educativa debe comenzar ahora

El resultado de PISA 2025 debería provocar una conversación nacional que trascienda gobiernos, partidos e intereses particulares. La educación no puede ser una política de un período gubernamental. Debe ser una política de Estado.

Necesitamos establecer metas nacionales de aprendizaje a cinco, diez y quince años; medirlas periódicamente; transparentar los resultados; corregir lo que no funciona y preservar aquello que sí produce avances. Porque la educación produce resultados lentamente, pero sus consecuencias determinan el futuro de una nación. Un niño que hoy aprende a leer comprensivamente será mañana un ciudadano con mayores posibilidades de continuar estudiando. Un adolescente que aprende a razonar matemáticamente tendrá mejores herramientas para incorporarse a una economía moderna. Un joven que aprende a investigar, cuestionar, crear y resolver problemas tendrá mayores posibilidades de convertirse en el profesional, emprendedor, científico o ciudadano que el país necesita.

Por eso, no debemos mirar PISA solamente como una fotografía de nuestras debilidades, sino como una brújula para decidir hacia dónde debemos avanzar. La República Dominicana ha demostrado que puede progresar. Ahora necesita hacerlo con mayor velocidad, mayor calidad y, sobre todo, con una visión de largo plazo. Porque el verdadero éxito educativo no será ocupar determinado lugar en una clasificación internacional. Será conseguir que cada niño dominicano, sin importar su origen social o el lugar donde haya nacido, tenga la oportunidad real de aprender, desarrollar su talento y construir una vida digna. Ese debe ser nuestro compromiso. Y esa meta, aunque difícil, sí es posible.

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